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Les dejo el link del blog de mi viaje "Nuestro viaje a las Alturas".
Bellas vacaciones para todos.
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Bellas vacaciones para todos.
Lo dijo, lo pensó, lo sintió
Anto
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Voces del más allá..
-¡No te hagas mala sangre!- le dijo Ulises cuando se marchó. Todo fue un juego inocente no más, así que no te hagas mala sangre.
Después de todo la culpa fue tuya al querer ir por lana y salir trasquilada, le dijo el héroe mirándola de reojo.
Impactada por la osadía de sus palabras, se quedó arrumbada frente a las colecciones especiales esperando a que mirara atrás y se retractara.
-No te hagas mala sangre- le dijo. Tomó su rumbo y ya no la miró.
Y se quedó sentada, sin lana para tejer, esperando a ver si es que por curiosidad volvía sobre sus pasos, volvía sobre lo dicho. Pero no.
Y mientras, la sangre se hacía mala sangre porque ya no iba a esperar otros veinte años. Porque ya no habían hilos que enredar y desenredar para matar el tiempo. Si ella no mataba el tiempo, el tiempo la mataba a ella. Cualquier día de estos terminaría con los hilos enredados en su cuello y ese no era un buen final para tan buen escritor.
El osado héroe caminó, caminó, caminó. Y cuando por fin decidió volver - para no hacerse mala sangre- la descubrió coqueteando con uno de los incontables pretendientes.
Y sin lana y sin hilos en las manos.
Ulises, enfurecido y herido en su orgullo de 'macho', se acercó a verificar la increíble escena.
No te hagas mala sangre- le dijo- esta vez la que se marcha soy yo. Quisiste ir por lana y volviste trasquilado.
Penélope tomó su bolsito marrón, se puso su vestido de domingo y se marchó.
Lo dijo, lo pensó, lo sintió
Anto
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Voces del más allá..

Lo dijo, lo pensó, lo sintió
Anto
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Voces del más allá..
De los que me conocen o los que han hablado conmigo durante estas dos últimas semanas, cualquiera de ellos podría pensar que la vida me dio la espalda, que se me acabó la buena fortuna, que la pelada me anda rondando o, los más faranduleros, podrían compararme con la Marlen Olivari y, que al igual que a ella, alguna rubia maldadosa me echó una maldición.
Sea cual sea la explicación, el asunto es que estas dos semanas mi cuerpo ha hecho crash y la gota que rebasó el vaso fue el sábado veintisiete a eso de las diez y media de la noche.
Esa noche habíamos decido salir con Rodrigo siguiendo la ruta natural de los pies. Salimos de casa y competimos con otra pareja por dos lugares en el taxi colectivo que nos acercaría a un posible destino.
Nada extraño, hasta entonces.
El vehículo de la estrellita amarilla las empinó por la calle Mapocho y al llegar al cruce con avenida Brasil se produce el primer suceso del relato fantástico: una camioneta de ruedas patonas se dirigía muy campante en sentido contrario. ‘Peligro público’ en una avenida en la cual los vehículos circulan, por las cuatro pistas sentido oriente, a una velocidad promedio de 70 kilómetros por hora. El chofer rápidamente lo esquivó, le tocó la bocina, dijo un par de chilenismos y siguió.
Ante tan extraño suceso, me di vuelta para asegurarme de que la visión era real. Fue en eso cuando la cosa se hizo más compleja y más extraña: un jeep blanco estaba a punto de investir contra el taxi colectivo, con nosotros adentro. Solo recuerdo el color blanco, las luces delanteras, el rojo de luz de freno del taxi y el tremendo CRASH.
Dolor, mucho dolor. Miedo, terror.
Reaccioné en los brazos de Rodrigo que tocaba mi cabeza. Yo decía: me duele amor, me duele mucho. Rodrigo sintió sangre. Creí desmayarme. No hay sangre amor, no te rompiste. Júrame, amor, que no me rompí la cabeza. Júramelo.
Reaccionamos todos. Habíamos sido impactados violentamente por un jeep y yo me encontraba totalmente damnificada. Con el golpe, mi cuerpo se movió como los muñecos de prueba de accidentes de tránsito (iba en el asiento trasero, al medio), mi cabeza se golpeó violentamente con la parte trasera del vehículo, mi cuello se balanceó sin control adelante y atrás. El dolor era tan intenso que yo creía que el parachoques delantero del jeep me había golpeado.
Luego todo se volvió un caos. Me quedé sentada en el mismo lugar, cuidando de no moverme. Una señora se acercó a darme agua. Luego muchas señoras comenzaron a llegar, niños, hombres y muchos, muchos curiosos.
La primera sirena: los bomberos. ¡Por favor, puedo salir caminando! Pero, en su afán de ser héroes me sacaron del auto con todo el show y me dejaron acostada, e inmovilizada, en la vereda ante la mirada curiosa de las decenas de personas que habían llegado hasta entonces. Había que esperar que llegara la ambulancia.
La segunda sirena: carabineros siguiendo el proceso. Su nombre, su edad, su fecha de nacimiento, su nivel de estudios, su estado civil, su profesión (por primera vez lo dije: profesora). Mientras yo, tendida en el suelo, le gritaba cada uno de los datos que me pedía.
Tercera sirena: la ambulancia del SAMU. Tómenle el pulso. Inmovilícenla por completo. A la camilla a la cuenta de tres (oh, ¿y si no pueden levantarme?). UNO-DOS-TRES. Rodrigo quédate a mi lado, que me muero de vergüenza. A la Posta Central.
A esas alturas el dolor del cuello iba en aumento. Me dolía la cabeza y me estaba dando sueño. No me dejaban dormir. Me subieron a la ambulancia y encendieron la sirena. No me di cuenta de cuando llegamos a la urgencia de la posta y me ingresaron como a los pacientes de E.R.
El dolor era cada vez más intenso. El hematoma de la cabeza crecía y crecía.
Y me estaba volviendo loca de estar inmovilizada. Quería mover las piernas, ¡por favor, suéltenme un poco! ¡Atiéndame que me duele!
Para dejar de pensar en el dolor Rodrigo me hacía reír. Después de todo el paseo tenía su toque: me llevaban de un lado a otro en camilla, llena de cuerdas y con la cabeza envuelta en aparatos que impedían mi movimiento. Habíamos paseado en un vehiculo de emergencia (era mi primer paseo en ambulancia y con sirena y todo).
Me enviaron a rayos para ver qué tipo de lesión tenía. Cuando salí de la sala de urgencia Rodrigo, haciéndome reír nuevamente, me dijo: ¿a dónde te llevan mi amor? ¿a la morgue?
El diagnóstico: esguince cervical.
Ahora estoy en cama, con un cuello de repuesto que sujeta mis vértebras, con dolor intenso en el cuello, pero viva.
¡Te quedaste con cuello mi amor!
Así fue. Nos quedamos sin paseo, sin cena, sin nada. O sea, con una historia divertida que contar, porque afortunadamente me puedo reír y, aunque duele mucho, no tengo que lamentar nada más.
Lo dijo, lo pensó, lo sintió
Anto
1 Voces del más allá..
Estaba cerca. Lo ví entre los muebles. Sólo pedí un paso. Dos pasos. Que se mueva un paso. Que se quede ciego ante mis pasos.
Estaba cerca. Tan cerca que sentí lo errático de sus pasos, el movimiento imperceptible de la tierra al ser pisada.
Seguía cerca. Sentí su aliento en mi espalda. Los pelos de la nuca se me erizaron como si un fantasma hubiera pasado caminando entre los libros.
You don't see me. Por favor, cierra los ojos.
Eres sólo una sombra entre las páginas rasgadas de mi novela. Una sombra entre las sombras.
Un fantasma que nunca regresó.
Lo dijo, lo pensó, lo sintió
Anto
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Voces del más allá..
Lo dijo, lo pensó, lo sintió
Anto
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Voces del más allá..
Lo dijo, lo pensó, lo sintió
Anto
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Voces del más allá..
Todos dicen:
"Aquí y en la quebrá del ají".
Pero tal sentencia
simplemente no es así.
Tú no eres igual
ni aquí ni en la quebrá del ají.
Y no es tu forma
sí el contenido.
Eres otro aquí.
Y no le cuentes a nadie,
pero a mi me gusta
el que se esconde
en la quebrá del ají.
Lo dijo, lo pensó, lo sintió
Anto
1 Voces del más allá..
Mientras cantaba “Y dale alegría, alegría a mi corazón, es lo único que te pido al menos hoy”, con lluvia, viento y ramas que se volaban, me tomó por sorpresa el comentario de un amigo acerca del origen de dicha canción de Fito Paéz.
Sabes que esa canción es para Maradona. Qué, como es posible que tan bella y sencilla canción se haya escrito por la idiota razón de un gol, de un tipo que hacía millones de goles.
Reconozco mi profunda decepción.
Y luego, rabia y desazón ante el funesto descubrimiento porque no me contenté con la afirmación, sino que me metí al Google para ver si era verdad o solo una alucinación.
Sí, efectivamente la Alegría para Fito descansa en la promesa de un gol, en los 90 minutos que dura un peloteo de allá para acá.
Jamás he entendido esa pasión que puede provocar el fútbol y no sólo en los hombres (aunque mayoritariamente sí) sino también en las chicas que prefieren quedarse pegadas al CDF o darse una vuelta riesgosa al estadio que ir al mall.
A mi me carga el fútbol, pero no por el fútbol en sí. Lo que me parece detestable son sus efectos: el embobamiento que puede producir ver a unos tipos corriendo tras la pelota o el hecho de estar llorando porque pierden un gol, llorando porque pierden un partido, llorando porque el ídolo se jaló toda la coca y está al borde de una intoxicación.
¿Y así dicen que los hombres no lloran? ¡Por favor!
Y más aun, cómo eso te puede alegría, o sea momentánea sí, pero de ahí a que se te vayan las penas y el dolor, como dice Fito. No, eso definitivamente no me lo trago. Yo me acuerdo de la dicha enorme que tuvo mi viejo cuando el Colo ganó la Libertadores en el 91; fue tanta su alegría que nos llevó a todas sus mujeres (mamá-hermanas-yo) a la Plaza Italia porque tenemos que celebrar de Arica a Magallanes por Colo Colo ejemplo de valor. Tanto duró su alegría y la de todos los choferes de taxi o micro que tuvimos que volver a pie desde la Plaza Italia hasta Quinta Normal (y no es en el Parque, es mucho más lejos) y al otro día tuve que ir al colegio igual, con dolor de pies y sueño.
¡Qué alegría, no! Desde entonces he visto uno que otro partido de la Selección, pero no me da ni pena ni alegría. Ganen o pierdan, me da igual.
Ahora, cómo entiendo que para algunas personas esto sea una cosa trascendental que pueden llegar a matar al del bando contrario, como ese barrista de la Garra que se envalentonó cuchillo en mano con otro en un partido. ¿Eso es pasión?
Quizás tenga que leer los dos tomos de Cosas del Fútbol que escribió Francisco Mouat para ver si algo llego a comprender de lo que por ahí pasa o se vive (porque el fútbol se vive)
Aunque debo reconocer que tiene su comidillo bastante entretenido para ver por las mañanas: porque el fútbol ya no les compete únicamente a los periodistas deportivos, sino también a los de farándula. Ahora ya no nos contentamos con ver cuántos goles hacen, sino también con los goles que hacen en ‘otras canchas’. Y eso es deportivo por acá.
A mi me da prurito el fútbol, me da espanto cuando coinciden mi cuñado y mi novio algún domingo porque se vuelven unos verdaderos idiotas insoportables. Y qué me importa si expulsaron al no se quien, si la pierna está bien en la casa, si le puso los cuernos con el delantero, si está con tarjeta roja porque es gorreado, si se recuperaron al final del partido, que es lo más grande see, see…y dale, y dale…dale, dale, dale..(Con esa voz gutural, que no es la del chileno, obvio).
Basta por favor, basta de fútbol. Por favor!
Fito, en qué pensabas cuando escribiste esa canción para Diego. De verdad creíste que eso es la alegría, de verdad lo sentiste. Dale alegría a mi corazón y que no sea esa la razón.
Lo dijo, lo pensó, lo sintió
Anto
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Voces del más allá..
Lo dijo, lo pensó, lo sintió
Anto
1 Voces del más allá..
Maldita la suerte que he tenido que correr por estas horas de fuerte incertidumbre y fuerte dolor. El miedo se hace grande en esta habitación y aquellos brazos que calmarían el dolor ya no quieren abrazar, ya no quieren calmar. Soy yo la causa de su furia y él la causa del dolor. Siembro goterones de sal y todo nubla la razón, el deber en la cama queda olvidado, la cordura se pierde en el aire y la única fuerza está aquí escribiéndose letra a letra. Pero la maldita amargura y la maldita sangre corren en la pared, la maldición lanzada pesa sobre el corazón, pero pesan también las palabras de odio y de repudio.
¿Cómo es posible que quienes han sido dos sean capaces de odiar de tal forma? ¿Cómo es posible que se quede todo en nada?
Conjuré su suerte en dos palabras de muerte, dos frases odiadas y arrebatadas del espíritu violento que habita en mí. No soy en este instante un cuerpo apaciguado, soy ira y rabia, y tristeza la consecuencia de mi rabia. No eres mi amante en este instante, eres mi juez sentenciador a muerte, mi crucificador, el silencio que tanto odio, eres el sepultador.
Soy todo tu mal, quizás. ¿Acabar con el mal?
Como dejar que esta maldita hora rompa las cientos de horas que viven y valen, como dejar que las cartas ardan en la hoguera del olvido.
Mas cuesta creer, aunque lo deseo, mas cuesta el no dolor, aunque lo deseo, y cuesta no oírte, aunque lo deseo.
Lo dijo, lo pensó, lo sintió
Anto
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Voces del más allá..

Hoy recibí una fuerte y dura crítica de mis colegas profesores. Era algo que no esperaba y la verdad es que en el momento en que acepté la mentada, y vilipendiada, oferta ‘laboral-cultural’ ni siquiera pensé en posibles consecuencias, en ideologías, en izquierdas o derechas, sino sólo en la posibilidad de escribir y de tener un espacio, en un medio no-masivo (ahora me doy cuenta de que no es así) de comunicación, en el cual distribuir lo que pienso.
Ahora, sin embargo, he cuestionado bastante la decisión, pero no porque me importe mucho si la línea editorial no tenga nada que ver conmigo, sino porque parece ser que me arrendé ‘intelectual-creativamente’. ¿Acaso trabajar en un medio implica que tengo que pensar como sus? ¿No puedo, desde ese u otro medio, hacer un intento por masificar mis planes literarios y sociales?
La historia pasó hace más o menos un mes atrás cuando el nuevo director de Mosaico me pide que escriba una anécdota o relato que me haya ocurrido en el Metro de Santiago. Bien, ingenua. No pensé en nada más que en la posibilidad de escribir, de sentirme ‘obligada’ a redactar algo con cierta regularidad y qué mejor oportunidad de hacerlo y aparecer en un pedacito de pasquín universitario. ¿Ego? Sí, un poco.
Ahí me dediqué a realizar una inmersión ideativa (paso uno de la producción textual) entre los apretados y acalorados vagones del Metro ahora que existe (¿o no?) Transantiago. El primer envío fue este que, ahora comprendo las razones, fue rechazado por la editora:
Las manos del Metro
La multitud que nos hizo conocer Transantiago ha puesto en las bocas relatos de desesperación cuando no podemos abordar un vagón de Metro y debemos luchar por un pedacito del metro cuadrado.
Muchas personas han debido soportar manos impúdicas de quienes ‘no pueden ponerlas en otro lugar’. Afortunadamente, no he sentido manos intrusas, pero sí he tenido al alcance de mi mano, otras manos llenas de historias.
Hace unos días, cinco manos luchaban por un lugar del cual sostenerse. Las manos hablaban: una portaba un anillo reluciente, otras dos casi no hablaban: todas suaves, limpias y aferradas por llegar a casa.
Pero hubo una mano que llamó mi atención: una anciana mano, llena de heridas y pintura, la mano de un hombre viejo que luchaba por sostenerse a la vida, ganándosela en una obra, quizás en qué lugar del barrio alto, en un lugar en el que era un obrero más, un viejo de mierda cualquiera, que no se apura, que no se mueve y que más encima anda todo manchado y hediondo a diluyente.
Una mando, manchada de años, manchada de esfuerzo, manchada de trabajo. Una mano cansada que anhelaba respeto y un descanso.
Y mi mano, buscando historias para contar, en las manos de otros.
Mi amigo, director de Mosaico (aun con alma de Letras) me dijo que según la editora la historia no servía, que era muy poética, muy dramática. Muy, emm…como decirlo ¿social, comunista, roja? No, eso no es lo que buscamos.
Ahí me vino nuevamente mi rabia vieja con la mentalidad periodística tan fría, tan estadística, tan de datos, tan poco poética, como dicen ellos. Así que me largué a escribir en metáforas en contra de los periodistas; el resultado, como podrán imaginar, fue de total agrado de la editora sin saber que ella era la protagonista. Nótense las frases inconexas del contexto:
Obligaciones Metro-politanas
(Decálogo del buen escritor)
Hace unos días una chica me pedía con urgencia que me subiera a su carro. Lamentablemente ese carro estaba lleno, abarrotado de personas, abarrotado de informaciones, colapsado de datos inútiles. Y lo peor de todo, ese carro no iba en mi dirección. El metro cuadrado estaba llenito y honestamente, no me interesaba compartir mi privado espacio con quien (casi) me obligaba a subir.
Entonces fingí que podría subirme, tratando de apretarme los sesos para darme un espacio entre ellos.
Ahí me vino el colapso nervioso: me faltaba el aire, quería escapar por las ventanas, aunque quedara atrapada en el túnel oscuro y sin salida, me sentí como la niñita que se desmayó entre tanto apretón y falta de oxigeno.
- Señores pasajeros estación Salvador-
Afortunadamente (para mi) logré bajarme a tiempo de ese carro.
Lamentablemente, para ella, ni siquiera había notado que yo iba en otra dirección. Ni siquiera se dio cuenta de mi estrategia de subida y de bajada.
Como se podrán dar cuenta, lo único que quería era escribir. Ser por una vez Carrie Bradshaw y tener mi propia columna aunque fuera en un pasquín y no en el New York Times.
El punto crítico de todo esto fue hoy cuando me di cuenta de que mi texto importó nada, que a los lectores les dio exactamente lo mismo lo que decían mis ironías, que las metáforas eran solo mías y parecían la tonta anécdota del pasquín y nada más (si hasta me imaginó como leían a la protagonista, yo). O sea, cero impacto creativo en el lector incauto.
Lo único que importaba era averiguar si esa Antonieta Vergara era la colega, la que critica la educación, la que habló de la nación en su tesis (subámosle el pelo), la que se la juega desde su espacio por cambiar algo de la situación del país. ¿Es la misma Antonieta que está trabajando para Mosaico? ¿Acaso se está vendiendo a un gobierno universitario de derecha?
Qué horror, que desayuno más desagradable, el pan me pasaba seco por la garganta, el tecito se acabó rápido tratando de empujar las migas que se agolpaban en mi campana. Y el calor subiendo por mis mejillas indicaba que me estaba picando, porque la señorita de enfrente, mi colega, se estaba dando el gusto de acusarme de vendida. Sólo en ese instante cuestioné si había hecho bien en ‘arrendarme’. La verdad es que no me pagan un peso, lo que era peor para mi cuestionadora colega porque trabajar gratis para la derecha implicaba que comparto su ‘credo’.
Falso. Porque sólo quería escribir. Tal vez, arrendé mi ars, pero nada más.
Así que cuando la pica aumentaba le dije ¿Cuál es el problema en trabajar en un medio del lado contrario, si este te permite que muchas más personas te lean? ¿Lo que tu criticas, acaso lo lee o siquiera lo escucha alguien?
Finalmente le dije: Grínor Rojo escribe en el Mercurio, ¿significa eso que se hizo un capitalista –fascista?
No respondió, seguro que no conocía al maestro.
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8 de marzo...
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Este es uno de mis primeros cuentos, por lo menos de los conservados. Lo escribí cuando era una adolescente de jumper, loca y atrevida. Hoy recojo sus líneas y diálogo con ellas, en un diálogo en el que pesan las experiencias actuales y los ocho años que existen entre hoy y ellas.
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