febrero 26, 2007

En cuatro ruedas...una extraña relación


Hace dos años decidí tomar un curso de conducción y ver como me iba con eso de usar ruedas y no pies. Luego, de rendir dos veces el examen de conducción recibí la ansiada licencia, válida por seis años.
Tras unos meses de obtener el preciado documento mi papá decidió comprar un auto, por eso comencé a instruirme en modelos: me gustaron los Renault Megane II: un auto grande, medio raro en sus formas, bien “potón” como algunos piensan que es y elegante, pero también bien inalcanzable. Compró un auto más normal, un Hyundai elantra, bien topísimo, pero con la pintura un poco gastada.
Con recelo me subí, era tan grande comparado con el autito pequeño en el que aprendí a manejar, tan aerodinámico, tan rápido, y con una cola tan larga que me aterraba poner reversa. Tardé meses y dos topones en sentirme más en confianza con él hasta que de a poco comencé a tener una relación más próxima con los autos, incluso empecé a tomarle el gustito de manejar, de andar a buena velocidad en las autopistas y de salir en mis cuatro ruedas.
La relación con mi auto se ha vuelto un poco “masculina” en el sentido de los vínculos que los machos tienen con sus autos: se sienten los dueños del mundo cuando están sobre ruedas. Bueno yo no me siento la dueña del mundo, pero sí bastante cómoda aunque en una forma más sensible.
Esto, porque además de lo entretenido que se hace andar a gran velocidad y ser como Rayo Mcqueen, mi auto se convirtió en confidente de mis penas y cada vez que me he sentido triste y traicionada por alguna situación compleja, subo a mi auto y éste con su radio cebollera me acompaña en los minutos de pena, rabia y soledad; mi auto y su apacible velocidad logra relajarme y me ayuda a serenarme cuando la tristeza es mucha.
Una vez escuché que en las noches es común ver en un semáforo en rojo a conductores llorando. La noche y las calles de la ciudad se plagan de personas que sin tener alguien que les presté un hombro para llorar, se sientan al volante y conducen, como si en el gesto de avanzar trataran de conducir sus vidas.
Poner primera, segunda, tercera y acelerar, recorrer el camino de la vida y sortear los baches que en ella aparecen, tantos como las mismas calles de Santiago. Buscar la próxima avenida iluminada y detenerse, sentir que a pesar de las penas y los dolores podemos seguir conduciendo hacia delante, sentir que siempre tendremos caminos que recorrer y que nuestro norte (o sur) sigue ahí esperando por nuestras ruedas.
En fin, todo movimiento se reduce a la metáfora de la vida a cómo nos conducimos en ella y a como sorteamos los baches que ella nos pone.
A veces cuando el dolor es mucho, el ronroneo de mi auto es el único, lo único que me guía.

1 comentario:

Natalia dijo...

A mi no me gusta manejar, toda esa situación de stress de los conductores, que no aguantan que uno respete las señales, la otra situación asquerosa de viejos gritándote cosas mientras conduces, y no te gritan que conduces mal, porque eso se lo gritan a las viejas, te gritan lo rica que estas, como mínimo, porque ya sabemos el diccionario de asquerosidades que esos imbeciles cranean. Bueno, se me hizo inevitable al leer tu texto pensar en “Thelma y Louise”, una de mis películas favoritas debo decir, claro que hay una metáfora de la vida en todo aquello del una de auto, y ya sonaré feminista o no, pero lo que más reflexiono sobre lo que señalas, es la posibilidad tan negada, por tantos años de que una mujer manejara. Lo que me encanta de la película es que las mujeres no solo manejan, sino que además huyen de sus pésimos esposos, no solo adoro eso, sino por sobre todo cuando suben al auto al minísimo Brad Pitt (la parte en la que él les roba la plata es bastante machista pero bueno). Pero más aún me encanta el final de la película, porque no podía ser otro y no podía ser ese el mejor.