febrero 27, 2007

Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. (Borges)


Anoche me quedé hasta muy tarde conversando con una amiga a la que no veo hace poco más de un mes. La verdad, es que la aparición de esta persona en mi vida fue totalmente casual (bueno, como casi todos los encuentros) pero especial porque descubrí a una mujer muy grande, fuerte y sensible, con una expresividad desbordante que muchas veces desconcierta. Pero así es ella y me gusta como es.
Aunque aún no somos confidentes de alma, poco a poco vamos develando cosas de nuestras vidas que nos van poniendo cada vez más la una al lado de la otra. Y eso ha sido bueno porque luego de sentir que los caminos entre dos personas se van separando dado que las niñas son hoy dos mujeres diferentes, descubrir que siempre habrá más gente a tu alrededor es algo que deja el corazón en paz.
Y no duelen tanto las despedidas.
La conversación de anoche terminó con una confesión de mi parte, la que provino de una copucha de hace cuatro años, cuando aun no conocía (personalmente) a esta nueva amiga, sino que era una más dentro del patio de la Facultad. Luego, de enterarme de toda la copucha (y confieso que no había mas intención que resolver mis dudas) mi amiga me dijo, un tanto extrañada -qué añejo, la verdad es que en ese momento fue algo doloroso y traté de olvidarlo.
Sí, en realidad era extraño porque la historia no me tocaba directamente sino que la había conocido por medio de otra persona. Pero no lo había olvidado. En ese momento me di cuenta de que hay muchas cosas que no puedo olvidar, que simplemente están ahí como si hubiesen ocurrido hace muy poco tiempo, que guardo el recuerdo con todo lo que implica: no sólo el hecho, sino también lo que sentí.
Y se lo dije: -es que soy un poco como Funes, aunque guardando las proporciones- porque sus “… recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños”. Es decir, yo recuerdo mucho y con muchas propiedades los instantes, pero nunca tanto como el famoso personaje de Borges.
Recordar tan intensamente es una buena cualidad, porque siempre podremos regresar a las cosas que nos hicieron reir, que nos dieron alegría o a momentos, y valga la redudancia, inolvidables. Sin embargo, muchas veces es bien poco saludable, porque como recuerdo con sentidos y todo, si algún recuerdo es doloroso, me sigue doliendo como se repite una imagen en el espejo…hasta el infinito. Como un deja vu.
Mi amiga se espantó y me hizo una pregunta que parecía no tener relación con el asunto de la memoria –¿tú ordenas tu closet?- me dijo. Claro que sí, bastante seguido saco la ropa que no me gusta, lo que ya no uso. Bueno, para ella olvidar era tan necesario como sacar la ropa vieja y me propuso desprenderme de los malos recuerdos. Que era casi una obligación pro salud mental.
Pero yo le dije que yo no olvidaba, que los recuerdos estaban ahí casi materialmente si es que puede decirse eso y que nunca me cuestioné el hecho de que recuerde tantas cosas. Por ejemplo, hace un par de años reviví un momento de antes de los cinco años cuando mi país estaba en dictadura. Para mí, la dictadura nunca fue una realidad vivida, sino aprendida de mis padres hasta el momento en que reviví sensitivamente y a través de mi memoria que también crecí en dictadura. Recordé a unos militares apegados a los muros exteriores de mi casa con sus armas en las manos. Primero dudé de la veracidad, pero mi padre me confirmó la existencia del hecho y como lo viví yo a esa incierta edad. Ninguna sensación había cambiado diecinueve o veinte años después.
Recuerdo, siento, revivo mis recuerdos, me río con ellos, lloro con ellos, están forjados en mi sangre y en mi tinta y nutren mis palabras. Mi nuevo proyecto literario consiste en una reescritura de mis recuerdos, de cómo viví y sentí, y además crear, a partir de los míos, otros recuerdos.
O sea, todo en mi se basa en la memoria, me acuerdo de tantas cosas, sin poder determinar cuál es el patrón que me hace recordar una u otra experiencia, ya sea buena o mala o neutra. Yo recuerdo.
Según mi amiga no es para nada sano recordar tanto y, además, sentir los recuerdos. Porque para peor se recuerdan las experiencias dolorosas con más intensidad que las alegres. Es que a veces la alegría es menos intensa que el dolor. El dolor es una huella que cuesta borrar. La alegría, por el contrario, es más efímera.
Mi memoria es inferior a aquella que poseía Funes, pero claramente superior a la de mi amiga.
Sin embargo, a veces, yo también quisiera olvidar.

3 comentarios:

Natalia dijo...

Si borras el dolor quizás te quedes sin temas de escritura, tú misma dices que tu actual proyecto se basa en eso...o si no lo dices, bueno yo lo se. Es una reflexión muy interesante creo, porque si vas a la literatura es precisamente el dolor la inspiración máxima...eso de la felicidad no inspira, parece que no es tan intenso. Concuerdo con eso de que a veces no es bueno recordar, pero depende de donde lo mires, pues si escribes tu recuerdo y eso es catartico en algún sentido, entonces deberíamos escribir todo lo que nos sucede...como en un blog jajaja.
Creo que lo de la memoria es un don, ahora, al extremo de Funes es algo terrible, como todos los excesos. También creo que la memoria tiene otras vueltas muy interesantes, porque el recuerdo implica volver a un hecho que ocurrió en el pasado, pero teñido de imágenes subjetivas, es decir, intervenidas por cada uno casi inconscientemente. Eso es algo que se ve en todos los poetas posteriores a la dictadura, todos hablan de momentos pasados con una idealización a veces enfermiza...es también de lo que hablo en mi tesis en parte. Bueno, yo aprovecharía los recuerdos y les sacaría partido, los escribiría todos, como los surrealistas que escribían sus sueños para poder recordarlos después. cómo sabes si en 10 años más se te borra alguno? Ahí lo único que quedará será el papel.

Cinthya dijo...

Botar la ropa del closet implica hacer un espacio, dejar entrar nuevas cosas, cosas nuevas, estar preparada para que algo mejor (o peor) venga. La ropa acumulada, apolillada, desgastada y descolorida ni siquiera puede ser donada. Ser capaz de regalarla o simplemente de botarla (porque no todo tiene que ser con buenas intenciones en la vida) es ser capaz de abrir una ventana, de abrirse al resto. Al momento de llevar nueva ropa, mostramos una nueva apariencia al mundo.Si somos capaces de abrirnos a nuevas cosas, mostraremos una nueva arista de nosotros al pequeño y cruel círculo que nos rodea. Conviene asumir los recuerdos, incorporalos y desechar lo irrevivible. De este modo se recuerda perfectamente lo que pasó, pero la sensación de angusta se desecha, como la ropa vieja. Soy capaz de ponerme un polerón nuevo y recuerdo perfectamente lo bien que me hace sentir mi atuendo, sin rememorar la pena que pude haber vivido con él. Claramente no hay que botar toda la ropa... pero a veces sería bueno que todos nos mostrásemos en pelotas. ¡¡TODO CHILE EN PELOTA!!

Mercedes dijo...

Podrá tener casi dos años de que has publicado este tema, pero me ha dolido hasta el alma, pues la situación que me describes me trae recuerdos amargos, ya que mi indecisión me impide querer olvidar, amo y odio los recuerdos y pues forman parte de mi, la verdad eso es lo que soy, por ello no quiero olvidar. Otra razón para escribirte es que me pasa un problema parecido al que tienes pues aunque lea simples letras, me trae recuerdos palpables. Solo dejo este mensaje porque realmente me gusta mucho como escribes, y aunque sea un tema "viejo" eso me hace disfrutarlo aún mas. Un amigo puso frases en su msn de José Luis Borges y ahora es cuando creo entenderlas, y además de que es sensible padece de sinestesia.