mayo 04, 2007

Odi et amo

Algunos días atrás una profesora nos pidió a la clase que uniéramos dos términos que nos parecieran extremadamente lejanos como "manzana y libro" "telas y árboles" o cosas así, aunque si lo pensamos podemos acercarlas siempre de alguna manera.
Uno de mis compañeros dijo "Amor y odio", pero de inmediato fuimos varios los que dijimos: no esas palabras están muy cerca. Y así parece ser.
Cinthia decía en un post que esas dos emociones no pueden ir separadas y precesisamente , y tal como le ocurre a Cinthia, a quien más amo es a quien mas he llegado a odiar.
Soy todo tu mal? Quizás. En esos minutos dejo de ser yo misma, y soy una cargada de odio, de rabia, de rabia dolorosa. Nadie más ha visto a esa yo misma. Y hablo, y uso mi palabrería creativa para odiar, para producir dolor.

En los Catulli Carmina el amante afirma en una oportunidad que ama y odia. Ama a su amada Lesbia con toda la pasión de un amor no cristiano, un amor corpóreo, lleno de vitalidad y fuego. Del mismo modo odia, con un odio no cristiano, no compasivo.
Odi et amo, sin saber por qué ambos sentimientos conviven juntos. Odi et amo, y es algo que tortura, que nos hace sentir como si fuéramos males, malas mujeres. Probablemente tenga que ver con nuestra herencia cultural de lo que es el amor, cristiana-occidental, por lo demás. Nuestra forma de amar es cultural: el amor está configurado por una serie de factores que han devenido el amor actual.
Catulo, seguramente, no se sentía ni un mal ni un mal hombre.
Pero nosotros sí. Amamos y odiamos a quién más amamos. Es en ellos en quienes descargamos nuestra rabia, nuestro dolor.

mayo 01, 2007

Maldición

Maldita la suerte que he tenido que correr por estas horas de fuerte incertidumbre y fuerte dolor. El miedo se hace grande en esta habitación y aquellos brazos que calmarían el dolor ya no quieren abrazar, ya no quieren calmar. Soy yo la causa de su furia y él la causa del dolor. Siembro goterones de sal y todo nubla la razón, el deber en la cama queda olvidado, la cordura se pierde en el aire y la única fuerza está aquí escribiéndose letra a letra. Pero la maldita amargura y la maldita sangre corren en la pared, la maldición lanzada pesa sobre el corazón, pero pesan también las palabras de odio y de repudio.
¿Cómo es posible que quienes han sido dos sean capaces de odiar de tal forma? ¿Cómo es posible que se quede todo en nada?
Conjuré su suerte en dos palabras de muerte, dos frases odiadas y arrebatadas del espíritu violento que habita en mí. No soy en este instante un cuerpo apaciguado, soy ira y rabia, y tristeza la consecuencia de mi rabia. No eres mi amante en este instante, eres mi juez sentenciador a muerte, mi crucificador, el silencio que tanto odio, eres el sepultador.
Soy todo tu mal, quizás. ¿Acabar con el mal?
Como dejar que esta maldita hora rompa las cientos de horas que viven y valen, como dejar que las cartas ardan en la hoguera del olvido.
Mas cuesta creer, aunque lo deseo, mas cuesta el no dolor, aunque lo deseo, y cuesta no oírte, aunque lo deseo.

abril 24, 2007

Mosaico ¿Me arrendé?


Hoy recibí una fuerte y dura crítica de mis colegas profesores. Era algo que no esperaba y la verdad es que en el momento en que acepté la mentada, y vilipendiada, oferta ‘laboral-cultural’ ni siquiera pensé en posibles consecuencias, en ideologías, en izquierdas o derechas, sino sólo en la posibilidad de escribir y de tener un espacio, en un medio no-masivo (ahora me doy cuenta de que no es así) de comunicación, en el cual distribuir lo que pienso.
Ahora, sin embargo, he cuestionado bastante la decisión, pero no porque me importe mucho si la línea editorial no tenga nada que ver conmigo, sino porque parece ser que me arrendé ‘intelectual-creativamente’. ¿Acaso trabajar en un medio implica que tengo que pensar como sus? ¿No puedo, desde ese u otro medio, hacer un intento por masificar mis planes literarios y sociales?
La historia pasó hace más o menos un mes atrás cuando el nuevo director de Mosaico me pide que escriba una anécdota o relato que me haya ocurrido en el Metro de Santiago. Bien, ingenua. No pensé en nada más que en la posibilidad de escribir, de sentirme ‘obligada’ a redactar algo con cierta regularidad y qué mejor oportunidad de hacerlo y aparecer en un pedacito de pasquín universitario. ¿Ego? Sí, un poco.
Ahí me dediqué a realizar una inmersión ideativa (paso uno de la producción textual) entre los apretados y acalorados vagones del Metro ahora que existe (¿o no?) Transantiago. El primer envío fue este que, ahora comprendo las razones, fue rechazado por la editora:

Las manos del Metro
La multitud que nos hizo conocer Transantiago ha puesto en las bocas relatos de desesperación cuando no podemos abordar un vagón de Metro y debemos luchar por un pedacito del metro cuadrado.
Muchas personas han debido soportar manos impúdicas de quienes ‘no pueden ponerlas en otro lugar’. Afortunadamente, no he sentido manos intrusas, pero sí he tenido al alcance de mi mano, otras manos llenas de historias.
Hace unos días, cinco manos luchaban por un lugar del cual sostenerse. Las manos hablaban: una portaba un anillo reluciente, otras dos casi no hablaban: todas suaves, limpias y aferradas por llegar a casa.
Pero hubo una mano que llamó mi atención: una anciana mano, llena de heridas y pintura, la mano de un hombre viejo que luchaba por sostenerse a la vida, ganándosela en una obra, quizás en qué lugar del barrio alto, en un lugar en el que era un obrero más, un viejo de mierda cualquiera, que no se apura, que no se mueve y que más encima anda todo manchado y hediondo a diluyente.
Una mando, manchada de años, manchada de esfuerzo, manchada de trabajo. Una mano cansada que anhelaba respeto y un descanso.
Y mi mano, buscando historias para contar, en las manos de otros.

Mi amigo, director de Mosaico (aun con alma de Letras) me dijo que según la editora la historia no servía, que era muy poética, muy dramática. Muy, emm…como decirlo ¿social, comunista, roja? No, eso no es lo que buscamos.
Ahí me vino nuevamente mi rabia vieja con la mentalidad periodística tan fría, tan estadística, tan de datos, tan poco poética, como dicen ellos. Así que me largué a escribir en metáforas en contra de los periodistas; el resultado, como podrán imaginar, fue de total agrado de la editora sin saber que ella era la protagonista. Nótense las frases inconexas del contexto:


Obligaciones Metro-politanas
(Decálogo del buen escritor)

Hace unos días una chica me pedía con urgencia que me subiera a su carro. Lamentablemente ese carro estaba lleno, abarrotado de personas, abarrotado de informaciones, colapsado de datos inútiles. Y lo peor de todo, ese carro no iba en mi dirección. El metro cuadrado estaba llenito y honestamente, no me interesaba compartir mi privado espacio con quien (casi) me obligaba a subir.
Entonces fingí que podría subirme, tratando de apretarme los sesos para darme un espacio entre ellos.
Ahí me vino el colapso nervioso: me faltaba el aire, quería escapar por las ventanas, aunque quedara atrapada en el túnel oscuro y sin salida, me sentí como la niñita que se desmayó entre tanto apretón y falta de oxigeno.
- Señores pasajeros estación Salvador-
Afortunadamente (para mi) logré bajarme a tiempo de ese carro.
Lamentablemente, para ella, ni siquiera había notado que yo iba en otra dirección. Ni siquiera se dio cuenta de mi estrategia de subida y de bajada.

Como se podrán dar cuenta, lo único que quería era escribir. Ser por una vez Carrie Bradshaw y tener mi propia columna aunque fuera en un pasquín y no en el New York Times.
El punto crítico de todo esto fue hoy cuando me di cuenta de que mi texto importó nada, que a los lectores les dio exactamente lo mismo lo que decían mis ironías, que las metáforas eran solo mías y parecían la tonta anécdota del pasquín y nada más (si hasta me imaginó como leían a la protagonista, yo). O sea, cero impacto creativo en el lector incauto.
Lo único que importaba era averiguar si esa Antonieta Vergara era la colega, la que critica la educación, la que habló de la nación en su tesis (subámosle el pelo), la que se la juega desde su espacio por cambiar algo de la situación del país. ¿Es la misma Antonieta que está trabajando para Mosaico? ¿Acaso se está vendiendo a un gobierno universitario de derecha?
Qué horror, que desayuno más desagradable, el pan me pasaba seco por la garganta, el tecito se acabó rápido tratando de empujar las migas que se agolpaban en mi campana. Y el calor subiendo por mis mejillas indicaba que me estaba picando, porque la señorita de enfrente, mi colega, se estaba dando el gusto de acusarme de vendida. Sólo en ese instante cuestioné si había hecho bien en ‘arrendarme’. La verdad es que no me pagan un peso, lo que era peor para mi cuestionadora colega porque trabajar gratis para la derecha implicaba que comparto su ‘credo’.
Falso. Porque sólo quería escribir. Tal vez, arrendé mi ars, pero nada más.
Así que cuando la pica aumentaba le dije ¿Cuál es el problema en trabajar en un medio del lado contrario, si este te permite que muchas más personas te lean? ¿Lo que tu criticas, acaso lo lee o siquiera lo escucha alguien?
Finalmente le dije: Grínor Rojo escribe en el Mercurio, ¿significa eso que se hizo un capitalista –fascista?
No respondió, seguro que no conocía al maestro.

marzo 09, 2007

Soy feliz, soy una mujer feliz y quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad

8 de marzo...

Vaya. Es sorprendente terminar un día y decir hoy fue un día excelente.
En realidad, no se si pueda explicar con exactitud por qué repito una y otra vez lo bueno que fue este día como para que se hagan una idea de lo que fue (es) un día feliz.
Para algunos, un día libre puede ser un día feliz porque puede descansar, echarse en la cama todo el día y no pensar en nada. Dormir una larga siesta y hacer cucharitas con el novio o la novia sin ocuparse de las responsabilidades y deberes de la vida medianamente adulta. Sí, a mí que me gusta dormir me da la posibilidad de tener un día feliz. Aunque a veces el ocio me deprime, por eso creo que no es una buena definición.
O tal vez, un día en el que se programa un paseo a la playa y todo sale perfecto. Porque apenas se llega a la costa se da cuenta de que es marzo y que todos los bulliciosos veraneantes se han marchado a la capital mientras uno puede tomar solcito bien tranquila, escuchando las olas del mar. Leyendo los libros que en el verano no se leyó porque los niñitos que jugaban a la pelota no la dejaban tranquila de tanto peloteo de allá pa’cá o porque los vecinos de arena no dejaban de escuchar a Don Omar, tanto, que hasta se aprendió las canciones de reaggetton y ahora hasta puede hacer juicios entre el príncipe y el rey y tararear algunas de las melodías. Y nadar unos cuantos metros mar adentro porque anteriormente, cuando quiso entrar al agua, le dio un calambre en la pantorrilla que no se le pasó en días. Y aprovechar los últimos rayitos de sol para ver si se broncea esta vez y de ese modo olvidarse del rojo semáforo que le quedó marcado en la espalda y en los muslos consecuencia de la asoleada que se pegó tratando de aprovechar al máximo ese esquivo sol que le arruinó los pocos días de vacaciones. Si, definitivamente ése sí es un día feliz para mi, lamentablemente no me puedo dar el gustito de arrancarme unas horas a la playa porque vivo a unos 113 kilómetros de la más cercana y no puedo dejar así como así mis responsabilidades medianamente adultas. Así que no, claramente esa no es una razón para la felicidad del día de hoy.
Porque de ningún modo estuve hoy en la playa, ni tomé solcito, ni me leí los libros que no leí en el verano. Tampoco tarareé las canciones de Don Omar.
Tampoco tuve una tarde libre para echarme en la cama con mi novio. Es más, yo tuve que hacerle cucharitas, rascarle la espalada y los pelitos de la nuca las horas que pasamos juntos, y reírme de sus chistes repetidos que siempre se cortan a la mitad porque olvida el remate y ni siquiera pude dormir diez minutitos ni menos juntar las patitas bajo las sábanas.
Pero mi día corrió como agüita clara entre las piedras con ese sonido tan bonito que hacen las piedritas al chocar unas con otras o como el sonido de las olas cuando revientan en la orilla de la playa. Mi día sonó como canciones de esas que hacen suspirar como los boleros o las ‘Dos Gardenias’ de Ibrahim Ferrer. Fue un día tan bonito porque las primeras palabras que escuché fueron las de mi amor despertándome en el teléfono con todo el ruido de Transantiago detrás.
No sé como explicarlo pero hoy me sentí realmente alegre y es un día que no quiero olvidar.
Y esos momentos de tensión que viví con manos mojadas y todo se hizo tan risueño y alegre que los miedos y los nervios se quedaron afuera de la sala. Hasta me hablaron de mi nombre y de la famosa dueña y su caracterización holywoodense que hasta me dieron ganas de ver la película. Después tantas risas y palabras entretenidas tomando Coca Cola que me dejó con deseos de seguir hablando por horas y horas.
Y me sentí tan feliz con lo que estoy haciendo que tuve la necesidad de decírselo a todos, y hartas veces, porque escucho a mi corazón latiendo muy fuerte, como los bajos de un bolero, al darme cuenta de que no he errado el camino y de que hay más ganas que miedos de dar los pasos de los que cada día me convenzo más y a los que cada día les estoy poniendo todo el corazón.

Me sentí tan feliz de saber que hay muchas personas en mi vida que hacen que los días sean tan bonitos como el de hoy.
Mi día fue realmente hermoso, musical, alegre. Hace rato que no me sentía tan bien, tan feliz, tan segura, tan en sintonía con las personas de mi vida, las nuevas y las que están hace un tiempo.
Finalmente, todo funcionó como un paseo armado a última hora y sigue sonando, como agüita que corre entre las piedras.

marzo 05, 2007

Suaviter in modo, fortiter in re


Hoy comencé un nuevo proceso de educación, el Plan de Formación Pedagógica pero es un proceso diferente porque desde ahora ya no seré más alumna sino que tomaré el rol contrario, ahora estaré del otro lado de la sala de clases al frente de un grupo de jóvenes que esperarán de mi lo mismo que yo esperaba de mis profesores hasta el año pasado..
“Suaviter in modo, fortiter en re” era lo que sonaba en mi cabeza mientras la jefa de carrera nos hablaba del nuevo proceso. Esa frase la escuché durante mi aprendizaje en Letras y la dijo mi queridísimo maestro y hermano mayor letrado (lo adopté yo misma…) Ignacio Álvarez. Esa es la frase que desde hoy representará mi actitud en mi nuevo camino.
Mi paso por la enseñanza media fue en el liceo Carmela Carvajal de Prat un colegio donde había 8 cursos por nivel de 40 niñas en promedio por sala, es decir, era un lugar bastante poblado, por no decir sobre-poblado. Hoy recuerdo que entre tantas mujeres había mucha competencia porque hasta la más porra se había ganado un lugar en ese colegio, por eso, entre las niñas había una competencia oculta que hacía del colegio un lugar a veces bastante desagradable. Si eras la mejor alumna, te odiaban. Si ganabas algún concurso de poesía, te odiaban; si te elegían para visitar exposiciones u otras cosas te odiaban; si pololeabas con el niño más guapo del Nacional te odiaban; si eras amiga del profe guapo (que no lo era, pero era la única opción) también te odiaban. En fin, todas luchaban por destacar de una u otra manera. Y eso, sí que era angustiante.
Pero ahora, al sentirme del otro lado de la sala me puse a recordar mis años de colegio, en mis profesores y en como había sido mi experiencia en él. Nunca fui una alumna problema, siempre fui estudiosa y ordenada, pero no faltaron las oportunidades en que me expulsaron de la sala por estar conversando o riéndome.
La expulsión que más recuerdo fue en segundo medio. Nunca brillé en matemáticas, no eran mi fuerte ya que mi camino siempre, desde muy chica, iba por el lenguaje, la literatura, la música y las artes. Ese año, el profesor de matemáticas, Jorge Sandón, distribuyó la sala a su manera basándose en los resultados de la primera prueba. Como pueden imaginar los míos no eran de lo mejor así que me sentaron en la segunda fila al lado de una niña, Yesenia, que hoy estudia medicina en la USACH. Atrás mío estaba mi amiga brillante en matemáticas, Geraldine (con vergüenza confieso que me hacia los ejercicios en las pruebas, ahora terminó Derecho en la Chile) con mi amiga no brillante, Marjorie (Estudia Construcción en la PUC).
El asunto es que este profe siempre fue centro de burlas y de risas de parte de nosotras: era un gordo (bien gordo) con pechugas, que usaba un pachulí que se olía desde la escalera, caminaba con un balanceo de lado a lado (seguro que por el peso), hablaba todo en un tono parejo y de ultratumba. No era un profe pesado, pero yo me aterraba cuando tenía sus clases y escribía cuatro ecuaciones en la pizarra, llamaba a las alumnas según la fecha y la lista (lo que era positivo para mi porque era la número 44 de la lista) y fúnebremente decía: “Qué es lo que tiene, como lo desarrolla y a qué es lo que llega”. Los minutos previos, mientras llamaba, eran terribles para mí, no lo miraba, rogaba para que no saliera mi número y siempre agradecía que el calendario llegara sólo hasta el 30 o 31.
Bueno, resulta que este profesor tenía un libro de cabecera: el famoso Álgebra de Baldor. Pero el tenía un problema con las “x” y las pronunciaba como “s”, por eso cuando se refería al libro siempre decía “testo” lo que, como malas adolescentes que éramos, era motivo de silenciosas risas. Una vez nos propusimos contar cuantas veces decía “testo” durante la clase; ante la primera palabra mi compañera brillante, Geraldine, que estaba detrás a mi lado izquierdo comenzó a llamarme. Pero no se dio cuenta de que el profe había dejado de hablar y la estaba mirando fijamente, yo me hice la tonta y seguí atenta a la clase. Después de varias llamadas Geraldine se dio cuenta y con cara de susto miro al profe mientras él le decía: y a usted que le pasa. Ella respondió que nada, que necesitaba pedirme un lápiz. Ante la mentira el profe se enfureció y le dijo que se retirara de la sala. Luego, el profe miró en mi dirección y dijo “y usted también salga”. Pero como yo me había hecho la tonta no sabía si la orden era para mí o para Marjorie; entonces me di vuelta y le dije: ¿tú o yo? , hecho que enfureció tanto a Sandón que terminamos las tres afuera de la sala. Todavía no cerrábamos la puerta cuando explotamos en carcajadas. Pero la historia no termina ahí. Era tanto lo que nos reíamos que el profe salió a retarnos nuevamente. Después de su discurso nos mandó a la biblioteca y nos dijo “saquen el testo de Baldor y se ponen a hacer ejercicios”. Ya se me imaginaran como fueron las carcajadas.

Bueno, ahora que yo estaré en el lugar de Sandón, de George Pinto (de quien hablaré en otra oportunidad), de Inés Olivares o de la profe de Religión me aterra la idea de ser el centro de risas si se me sale lo flaite (mi novio siempre me molesta diciendo “sha casha la profe” cuando algo me sale medio flaite) o que nadie me pesqué o por cualquier cosa que me haga vulnerable ante mis alumnos.

Mi oración de ahora en adelante será “suaviter in modo, fortiter in re”. Con esa fórmula espero que todo salga bien.

febrero 27, 2007

Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. (Borges)


Anoche me quedé hasta muy tarde conversando con una amiga a la que no veo hace poco más de un mes. La verdad, es que la aparición de esta persona en mi vida fue totalmente casual (bueno, como casi todos los encuentros) pero especial porque descubrí a una mujer muy grande, fuerte y sensible, con una expresividad desbordante que muchas veces desconcierta. Pero así es ella y me gusta como es.
Aunque aún no somos confidentes de alma, poco a poco vamos develando cosas de nuestras vidas que nos van poniendo cada vez más la una al lado de la otra. Y eso ha sido bueno porque luego de sentir que los caminos entre dos personas se van separando dado que las niñas son hoy dos mujeres diferentes, descubrir que siempre habrá más gente a tu alrededor es algo que deja el corazón en paz.
Y no duelen tanto las despedidas.
La conversación de anoche terminó con una confesión de mi parte, la que provino de una copucha de hace cuatro años, cuando aun no conocía (personalmente) a esta nueva amiga, sino que era una más dentro del patio de la Facultad. Luego, de enterarme de toda la copucha (y confieso que no había mas intención que resolver mis dudas) mi amiga me dijo, un tanto extrañada -qué añejo, la verdad es que en ese momento fue algo doloroso y traté de olvidarlo.
Sí, en realidad era extraño porque la historia no me tocaba directamente sino que la había conocido por medio de otra persona. Pero no lo había olvidado. En ese momento me di cuenta de que hay muchas cosas que no puedo olvidar, que simplemente están ahí como si hubiesen ocurrido hace muy poco tiempo, que guardo el recuerdo con todo lo que implica: no sólo el hecho, sino también lo que sentí.
Y se lo dije: -es que soy un poco como Funes, aunque guardando las proporciones- porque sus “… recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños”. Es decir, yo recuerdo mucho y con muchas propiedades los instantes, pero nunca tanto como el famoso personaje de Borges.
Recordar tan intensamente es una buena cualidad, porque siempre podremos regresar a las cosas que nos hicieron reir, que nos dieron alegría o a momentos, y valga la redudancia, inolvidables. Sin embargo, muchas veces es bien poco saludable, porque como recuerdo con sentidos y todo, si algún recuerdo es doloroso, me sigue doliendo como se repite una imagen en el espejo…hasta el infinito. Como un deja vu.
Mi amiga se espantó y me hizo una pregunta que parecía no tener relación con el asunto de la memoria –¿tú ordenas tu closet?- me dijo. Claro que sí, bastante seguido saco la ropa que no me gusta, lo que ya no uso. Bueno, para ella olvidar era tan necesario como sacar la ropa vieja y me propuso desprenderme de los malos recuerdos. Que era casi una obligación pro salud mental.
Pero yo le dije que yo no olvidaba, que los recuerdos estaban ahí casi materialmente si es que puede decirse eso y que nunca me cuestioné el hecho de que recuerde tantas cosas. Por ejemplo, hace un par de años reviví un momento de antes de los cinco años cuando mi país estaba en dictadura. Para mí, la dictadura nunca fue una realidad vivida, sino aprendida de mis padres hasta el momento en que reviví sensitivamente y a través de mi memoria que también crecí en dictadura. Recordé a unos militares apegados a los muros exteriores de mi casa con sus armas en las manos. Primero dudé de la veracidad, pero mi padre me confirmó la existencia del hecho y como lo viví yo a esa incierta edad. Ninguna sensación había cambiado diecinueve o veinte años después.
Recuerdo, siento, revivo mis recuerdos, me río con ellos, lloro con ellos, están forjados en mi sangre y en mi tinta y nutren mis palabras. Mi nuevo proyecto literario consiste en una reescritura de mis recuerdos, de cómo viví y sentí, y además crear, a partir de los míos, otros recuerdos.
O sea, todo en mi se basa en la memoria, me acuerdo de tantas cosas, sin poder determinar cuál es el patrón que me hace recordar una u otra experiencia, ya sea buena o mala o neutra. Yo recuerdo.
Según mi amiga no es para nada sano recordar tanto y, además, sentir los recuerdos. Porque para peor se recuerdan las experiencias dolorosas con más intensidad que las alegres. Es que a veces la alegría es menos intensa que el dolor. El dolor es una huella que cuesta borrar. La alegría, por el contrario, es más efímera.
Mi memoria es inferior a aquella que poseía Funes, pero claramente superior a la de mi amiga.
Sin embargo, a veces, yo también quisiera olvidar.

febrero 26, 2007

Dime cómo te llamas y te diré quién eres


Mi nombre es María Antonieta, pero la verdad es que poco y nada sé de la dueña de ese nombre: la famosa reina, que murió guillotinada.
Tampoco sé porque mis padres eligieron este nombre para mí, como dije por ahí esperaban al hombrecito (soy la menor de tres hermanas). De chica, creo que lo odiaba bastante debido a que cada vez que alguien decía mi nombre lo terminaba con la frase “...de la Nieves, como la Chilindrina”. Aunque me encanta el Chavo del 8, el personaje en cuestión no era precisamente una niñita agradable y no era de mi gusto que la gente sólo ligara mi nombre con ella.
La primera vez que me sentí más a gusto con mi nombre fue cuando un señor que vendía papas en la feria escuchó mi nombre cuando mi mamá me llamaba. “Que lindo nombre” me dijo: "usted tiene el nombre y el porte de una reina". A los 8 años uno solo era la reina del papá, pero que algún desconocido te dijera reina y no en sentido de piropo chileno (lo que sería algo así como yeina) es un halago bastante bonito. Además, me daba gusto que no me ligara al apestoso personaje mejicano.
Luego, volví a odiar mi nombre porque ya no me lo decían pues para todos era simplemente María, como la teleserie. Siempre he sentido que ese nombre tan significativo para la cultura occidental es demasiado seco y muy violento con tantas vocales abiertas y un hiato más encima, una “r” que a pesar de ser suave en conjunto con “i” suena fuerte. Definitivamente, ese nombre no me gusta, pero por largos años fui conocida únicamente así: María Vergara. Todavía en algunos lugares me llaman así y la verdad es que no me gusta, no me gusta que las personas lo escuchen y peor aun no me siento dueña de ese nombre. En esos años sólo una persona me llamó por mi nombre y me hacía sentir como si fuera la reina, era la profesora de francés que me decía Marie-Antoinette.
Luego, las personas se acostumbraron a llamarme por cómo me decían mis papás, Toña o Toñita. Hasta hoy son muchas las personas que me llaman así. Y es muy raro cuando ellos me dicen María Antonieta.
Más grande, para evitar que la gente me dijera María, opté por decir solo el Antonieta. Hoy también existe un gran grupo de personas que me dicen así y de hecho es raro cuando ellos me dicen Toña o Toñita.
Hoy no sé a cual nombre me ligo más. Tengo afectos con todos ellos, menos con María a secas obviamente, pero cada uno de mis nombres tiene sentimientos especiales, hasta el nombre privado que mi novio me dio.
Cuando firmo un mail (o una carta) nunca sé cuál nombre poner, incluso en algunos he puesto más de uno. Después de todo no se que tanto pueda decir el nombre sobre cómo es uno, aunque la elección que hagan los padres tenga un significado particular, el vivir de cada uno dice quién eres y ya no más tu nombre.
Por eso, he escrito esto más allá de cómo me llamen, más allá de si el nombre perteneció a una reina que perdió la cabeza…Bueno, y si es que algo dice de ti el nombre lo único que espero es no terminar como ella!
(just me)

En cuatro ruedas...una extraña relación


Hace dos años decidí tomar un curso de conducción y ver como me iba con eso de usar ruedas y no pies. Luego, de rendir dos veces el examen de conducción recibí la ansiada licencia, válida por seis años.
Tras unos meses de obtener el preciado documento mi papá decidió comprar un auto, por eso comencé a instruirme en modelos: me gustaron los Renault Megane II: un auto grande, medio raro en sus formas, bien “potón” como algunos piensan que es y elegante, pero también bien inalcanzable. Compró un auto más normal, un Hyundai elantra, bien topísimo, pero con la pintura un poco gastada.
Con recelo me subí, era tan grande comparado con el autito pequeño en el que aprendí a manejar, tan aerodinámico, tan rápido, y con una cola tan larga que me aterraba poner reversa. Tardé meses y dos topones en sentirme más en confianza con él hasta que de a poco comencé a tener una relación más próxima con los autos, incluso empecé a tomarle el gustito de manejar, de andar a buena velocidad en las autopistas y de salir en mis cuatro ruedas.
La relación con mi auto se ha vuelto un poco “masculina” en el sentido de los vínculos que los machos tienen con sus autos: se sienten los dueños del mundo cuando están sobre ruedas. Bueno yo no me siento la dueña del mundo, pero sí bastante cómoda aunque en una forma más sensible.
Esto, porque además de lo entretenido que se hace andar a gran velocidad y ser como Rayo Mcqueen, mi auto se convirtió en confidente de mis penas y cada vez que me he sentido triste y traicionada por alguna situación compleja, subo a mi auto y éste con su radio cebollera me acompaña en los minutos de pena, rabia y soledad; mi auto y su apacible velocidad logra relajarme y me ayuda a serenarme cuando la tristeza es mucha.
Una vez escuché que en las noches es común ver en un semáforo en rojo a conductores llorando. La noche y las calles de la ciudad se plagan de personas que sin tener alguien que les presté un hombro para llorar, se sientan al volante y conducen, como si en el gesto de avanzar trataran de conducir sus vidas.
Poner primera, segunda, tercera y acelerar, recorrer el camino de la vida y sortear los baches que en ella aparecen, tantos como las mismas calles de Santiago. Buscar la próxima avenida iluminada y detenerse, sentir que a pesar de las penas y los dolores podemos seguir conduciendo hacia delante, sentir que siempre tendremos caminos que recorrer y que nuestro norte (o sur) sigue ahí esperando por nuestras ruedas.
En fin, todo movimiento se reduce a la metáfora de la vida a cómo nos conducimos en ella y a como sorteamos los baches que ella nos pone.
A veces cuando el dolor es mucho, el ronroneo de mi auto es el único, lo único que me guía.

febrero 25, 2007

Las palabras que no podemos decir


Hay palabras que socialmente están marcadas, es decir, son algunas palabras de nuestro idioma que simplemente no podemos decir porque el tiempo y el uso han ido dejándolas en el baúl de palabras prohibidas.
Por ejemplo, la mayoría de ellas están ligadas a temas tabúes, para las cuales inventamos o usamos distintas palabras que nos permiten decirlas sin acercarnos directamente a ellas. Uno de los mayores tabúes son aquellas palabras ligadas al sexo o a los órganos sexuales.
Decir “duro” o “blando” inmediatamente nos causa una risita cómplice. Ni hablar de palabras como “erecto” la cual no existe casi en nuestro lenguaje cotidiano. Y así muchas palabras como “caliente”, “concha”, “pico”, “pisar”, “hoyo”, etc. (y no puedo seguir diciéndolas…)
Pero esas palabras prohibidas son parte de nuestro humor. El recurso de las palabras marcadas compone gran parte de las rutinas humorísticas o de nuestras bromas del diario vivir.
Una vez llevábamos con mi hermana unas bandejas con hamburguesas. Al salir al patio una de las que llevaba mi hermana estaba resbalando a lo que le dije “dile a la Martina que te lo ataje” (aclaro, la Martina es mi perra). Ante mi sugerencia, mi hermana comenzó a reír descontroladamente, sin entender el porqué de tanta risa le pregunté; según ella yo le había dicho “dile a la Martina que te lo encaje”.
Otra vez me ocurrió mientras compraba cigarrillo; el señor, al preguntarme por el tipo de cajetilla que compraría, inocentemente me dice “quiere dura o blanda”. Para no perder la picardía que nos caracteriza y sin poder contener la risa le dije “obvio que dura”. Claramente, me refería a la cajetilla.
Y esa última frase es el recurso que tenemos en defensa propia cuando decimos una de las palabras marcadas: “me refería a” “estoy hablando de”; siempre para que no seamos malinterpretados o para mantener la seriedad de la conversación. Claro que si nuestro interlocutor es mucho más rápido que nosotros, tendremos un momento de diversión bastante agradable.

Pero existen unas palabras privadamente marcadas. Palabras que uno simplemente no puede decir. Para mi es la palabra “prieta”. Y no la puedo decir porque inmediatamente recuerdo las dos experiencias que en mi vida tuve con dichos “alimentos”.
La primera vez que me encontré con las “p…” fue cuando era muy chica y me invitaron a almorzar a la casa de una amiga. El almuerzo era puré con prietas. Casi me morí cuando vi esas cosas en mi plato: tan negras, moradas…como el color de un machucón en las piernas por jugar, tan feas. Hasta ese momento todavía era una niña educadita y no rechazaría el almuerzo. Pero mi impacto fue mayor cuando enterré el cuchillo en esa cosa y salió el color a costra seca y se esparció por el plato, casi a punto de tocar el puré. En ese momento, toda mi educación se quedó fuera del comedor y, simplemente, no me las pude comer.
El segundo encuentro, fue hace un par de años mientras andaba en una feria. De repente sentí un olor desagradable que provenía de una olla humeante. Me acerqué a mirar qué eran y unas cosas extrañas, de un color café claro, se ofrecían a los transeúntes. Ya su aspecto y olor me produjeron una sensación de asco. Y sin exagerar, y razón por la cual no puedo decir la famosa palabra, sentí unas ganas horribles de vomitar con arcada y todo cuando la señora que vendía ofreció a toda boca sus productos “calentitas las prietas, calentitas las prietas”.

De dónde para dónde...?


Si eres de Santiago, seguramente este ha sido el tema de conversación más recurrente desde el 8 de febrero. Bueno, ya estamos a 25 pero siento que todavía queda discusión para rato. Claramente, me refiero a Transantiago.

El día que comenzó el plan de renovación de la locomoción colectiva venía llegando de la playa, pero como soy precavida me fui con tarjetita y todo a disfrutar del sol y de las aguas del mar. Al llegar, Santiago era un verdadero caos.
Siempre me sentí muy proactiva respecto del mentado sistema, asumí una postura en la que pondría todo de mi parte para que resultara, aun sintiendo que a pesar de mi buena disposición lo más claro era que quedaría la gran cagada capitalina.
Y como ya dije, así fue.
Santiago y los santiaguinos estaban enrabiados. Y todos buscaban por todas partes al culpable: Bachelet, el ex presidente Lagos y hasta el mismísimo Zamorano quien “prestó” su cara que por ser más cercana al pueblo (el principal usuario de la locomoción colectiva), era una imagen que nos acercaba a Transantiago.
A pesar de mi buena onda con el nuevo sistema, tenía un temor oculto, un temor clandestino según la explicación de Natalia. Vivo en Quinta Normal y si los micros amarillos nunca pasaban, ¿pasarían ahora que serían grises?
Con esa pregunta el panorama sí que se hacía gris. Muy gris.
Sábado y domingo me pegué a los noticiarios para ver las opiniones de la gente: lo único que veía era malestar, enojo, rabia, puros sentimientos negativos. Que el mapa no se entiende, que no hay tarjetas, que la micro no pasa, que esto, que lo otro.
Ya me sentía totalmente indignada con la gente (obvio, siempre espero que todos sean un poco como yo). Convencí a mi novio de que Transantiago sí era una buena opción, que era necesario un cambio para la ciudad, dándole con gruesos argumentos de su propia experiencia. Uno menos!
Pero mayor fue mi enojo con la gente el día lunes, cuando me desperté temprano únicamente para ver los noticieros y el in-situ de lo que estaba ocurriendo en las calles: todo se volvía un desparramo de amenazas. Muchas de ellas se han cumplido.
Sin embargo, en Quinta Normal se respiran aires de calma, por lo mismo, yo los respiro también. Si bien no hay más recorridos, éstos pasan y nos acercan a lugares desde los que nos podemos mover a todo Santiago. Tenemos buses para elegir: buses y micros como las diferencia mi sobrino de tres años, las grandes y verdes y las grises, respectivamente.
Mi experiencia con Transantiago se ha hecho totalmente satisfactoria, es más, podríamos aseverar que nos ha cambiado la vida (aunque suene exagerado). Ahora sí tenemos buses que pasan.
Creo que debemos acostumbrarnos y no dar pie atrás; si nos demoramos un poco, bueno ya saldrá mejor.
Por mi parte, ya he decidido como serán mis viajes a la universidad a partir de marzo. Sólo me queda un temor clandestino:
¿Cómo me iré, y de dónde para dónde, si mi práctica es en chuchuncucity?

febrero 21, 2007

Michelín

Este es uno de mis primeros cuentos, por lo menos de los conservados. Lo escribí cuando era una adolescente de jumper, loca y atrevida. Hoy recojo sus líneas y diálogo con ellas, en un diálogo en el que pesan las experiencias actuales y los ocho años que existen entre hoy y ellas.

MICHELÍN

Nunca supe de dónde ni cómo apareció, pero en unos cuantos flashes amarillos frente a mis ojos el cuerpo de un hombre increíblemente atractivo estaba de pie, justo, frente a mí. Distraída dentro de una fascinante pintura de Roberto Matta, "Eros de L'universe" (nombre que podríamos darle al extraño y perturbador visitante) me disponía a subir pronto al asiado bus amarillo (porque en ese entonces eran amarillos).
Como hace unas pocas semanas atrás, en ese tiempo Plaza Italia era una de las intersecciones más bulliciosas de la capital, sin embargo, sumergida en los amarillos ocre de la pintura había olvidado que me encontraba en esa calle transitada y contaminada de Santiago. El cuerpo del Eros capitalino, que imprudentemente se posó frente a mi, me tiró de golpe al suelo de la realidad y al rugir violento de los microbuses.
No debemos olvidar que en ese entonces yo era una adolescente loca y apasionada, una pingüina agrandada que soñaba con escribir las mejores historias, por lo que cualquier situación cotidiana se convertía rápidamente en tema de cuento.
Volviendo a la historia del Eros; éste, sin notar que vestía un negro jumper escolar, atrevidamente me miró a los ojos, verdes ojos atravesando mi mirada, sus ojos me recordaron el verde usado ilusamente por Matta. No atiné a nada más que a hundir mi inocente mirada, profanada e incomodada por esa descarada mirada, en la pintura intentando volver a navegar por el universo de color. Sin embargo, sentía el calor de sus ojos y el color de su cuerpo insistentemente sobre mí.
Y eso, sin duda, me desorbitaba.
Pasaron algunos minutos y muchos buses cuando volví a mirarlo escondida entre la gente que repletaba el incipiente paradero. Esta vez no perdí tiempo: lo miré de pies a cabeza. Con una mirada tocante recorrí cada rincón visible de su cuerpo. Su espalda ancha me insinuaba el cuerpo de alguien que alguna vez me hizo estremecer; sus brazos largos y aparentemente fuertes, dibujaron en mi mente intrusa la sensación de calor de unos brazos ajenos, sus largas piernas bajo su ropa oscura... Sin lugar a dudas era un cuerpo casi perfecto.
Sin embargo, debo aclarar por qué digo “casi perfecto”: el hombre llevaba puesto sobre su cuerpo un abrigo de cuero negro que dejaba a la vista sólo las líneas de su figura.
Creo que percibió la intensidad de mis ojos indagando en su cuerpo, convirtiéndose en personaje de cuento, porque rápidamente los buscó insertando su pupila en la mía. Noté su mirada misteriosa, la forma indescriptible de su nariz y, un poco incómoda, bajé la intensidad de mis ojos hacia el artículo de Matta.
En ese momento, la osada adolescente que yo me creía se quedó sólo en “o”, sólo en “oh no”.
Ahora sí ansiaba la llegada del microbús.
Mientras leía, sentí como su mirada curiosa recorría mi cuerpo. Cuántas ideas habrá gestado en su mente durante esos segundos, así como yo lo hice. Su mirada buscó las letras del artículo y, por qué no, mis manos creadoras, desconocidas para él.
Levanté la vista y vi, finalmente, el microbús que debía tomar. Por coincidencia o destino, él esperaba el mismo. Me pregunté: ¿Cuántos hombres atractivos que ves en la calle van en tu misma dirección? ¿Serán cinco? Quizás. Todo parecia genial, casi hecho para ser cuento, pero mis expectativas y las de él se vieron destruidas cuando el bus de amarillo intenso pasó por la parada sin intenciones de detenerse.
Continué leyendo y a los pocos minutos un nuevo bus del recorrido 236 se detuvo en el paradero de la Plaza Italia. Comenzamos a caminar casi juntos y nos subimos al bus. Él usó el absurdo cobrador automático que se alzaba majestuoso a pocos días de su triunfal estreno y afectando a los usuarios sin hacer distinciones de sexo ni edad y provocando más de algún histérico colapso del chofer (vaya, las coincidencias de la vida). El cuerpo del hombre se interpuso entre los brazos del cobrador y yo. Volvió a mirarme y avanzó por el pasillo hacia el final del bus. Me enfrenté, como siempre, a un bus lleno con los vidrios empapados de sudor y con rostros inmutables frente a todo. El único asiento libre estaba en la fila de los atrevidos obreros de la construcción y precisamente al lado del atractivo hombre. Avancé con seguridad y en pos de seducción, me senté a su lado (en ese entonces sí era atrevida, hoy ni loca).
A los pocos minutos de viaje la historia que parecía ser la del tipo “príncipe azul” (en micro), comenzó a revertirse. Como todos los comunes, todos los arribistas y como todos los “poseros” sacó su celular y lo dejó en sus manos, ¿Para qué? ¿Acaso lo estaban llamando? ¡No! Sólo lo hizo por “posero”.
De reojo miraba cada uno de sus movimientos, en uno de ellos su mano libre subió hasta su cara y comenzó, casi con todos sus dedos, a hurgar los rincones de su nariz, examinando luego el contenido extraído.
Con la misma cara de repugnancia que hoy uso, sólo seguí leyendo el artículo de Matta, porque el guapo hombre de la Plaza Italia ya no lo era tanto.
De pronto, bajo un estruendoso bocinazo, llegó a mis oídos susurro de su voz. Podría pensarse que su voz, como su cuerpo, estaba llena de sensualidad. Pero no, su voz era carraspeada y finísima, “me das permiso”, dijo, por tercera vez el cuerpo de ese hombre que me recordaba a alguien realmente sensual, se derrumbó. Se ubicó dos asientos más adelante cuando el bus se detuvo en una nueva parada.
Fue en ese momento cuando lo atractivo fue cambiado por lo grotesco, cuando la sensualidad se hizo obscena, cuando el príncipe azul se convirtió en la rana de los cuentos, esa que de ninguna manera me atrevería a besar y cuando su cuerpo, que parecía sensual, comenzó a causarme repulsión.
Se quitó su abrigo dejando a la vista, y para castigo del resto de los pasajeros, la camisa negra apretada que llevaba puesta. En otro no me hubiese sorprendido, pero en él me produjo espanto. Su cuerpo estaba lleno de grasa, sus brazos sí eran grandes, pero no porque su musculatura hubiera estado desarrollada, sino porque eran brazos como losde un luchador de sumo; eran brazos llenos de celulitis y su piel choreaba sudor grasoso. Al verlos sentí escalofríos.
¡Y eso no fue todo!.
Al ver su abdomen me di cuenta de que un enorme neumático salía de él y se movía como una gelatina húmeda. Traumático. Ahora ese hombre atractivo se había convertido en el hombre “Michelín” de la publicidad. Su abdomen servía como rueda de repuesto para el bus. Era una masa voluptuosamente grasosa.
Todo esto me recordaba la clase de literatura cuando hablábamos de la mezcla de lo bello y lo grotesco, la gran diferencia era que todo era grotesco, en ese cuerpo-grasa no quedaba nada bello. Ni siquiera sus ojos verdes, que en un momento me recordaron la pintura de Matta, porque ahora su color eran el reflejo de la personalidad “viejo verde” que miraba con morbosidad a todas las adolescentes con jumper. Su mirada me producía escalofríos de repulsión.
Los baches que el bus trataba de evadir producían un inevitable movimiento de las enormes masas de grasa de las que Michelín era dueño.
Los minutos siguientes los pasé evitando su mirada pervertida, que ahora parecía interesada en lo que yo estaba escribiendo. ¿Habrá sido clarividente y notó lo que pensaba de él? No creo, imagino que aun se creía el cuento de era un modelo “top” pero su cuerpo se asemejaba más al de un top-lero de cabaret de mala clase.
Michelín volvió a cubrir su cuerpo grasoso con el abrigo, se levantó, tocó el timbre del bus y se bajó. Desde la vereda su mirada volvió a atravesarme y, sin dudar, mi rostro expresó con una mirada la gran repulsión que él me provocaba. Afortunadamente el chofer aceleró bruscamente dejando atrás la mancha de grasa.
Inevitablemente comencé a reír, de mi y de cómo mi imaginación equívoca convirtió un cuerpo burdo en el cuerpo verdaderamente perfecto que alguna vez conocí.
Mirando hacia atrás, creo que hoy jamás hubiese mirado al joven Michelín como lo hice, creo que no hubiese encontrado nada atractivo en él. Tal vez el hecho de querer ser escritora a sangre me hacía buscar motivos literarios en todas partes. Bueno, por lo menos en ese tiempo tenía temas.
Es más, creo que hoy, ya sin jumper, no me atrevería a mirar tan atrevidamente a un hombre en la calle, como lo hice entonces.

noviembre 21, 2006

Los versos que di por perdidos

Cuando huyes, cuando te escapas.
Cuando te empeñas en hacerme rabiar
cuando huyes hacia la lujuria,
quisiera despedirme de ti para siempre
salir a desprenderme de mi locura,
y huyes y eres feliz lejos de mi corazón
de mis besos y parece ser que lo
único que buscas es mi cuerpo
porque tu felicidad está en otro
lado, no en mis ojos, no en mis manos,
sino en lo que es tu vida
vida que jamás me has dado
y no has querido comprender
el dolor que causa el quedarme aquí
el verte yendo por otros caminos
que no conducen a mi mundo y desconfío
porque así te conocí.
Y te alejas y te vas
y te ríes durante toda la noche
y te olvidas de que alguien enloquece por ti
te olvidas que alguien sueña
con verte llegar,
te olvidas, te olvidas de mi.
Y cuando huyes quisiera alcanzarte
y encadenarte para siempre
cortar tus venas, ahogar tu respiración
dispararte cincuenta veces en el pecho
en el corazón
pero aun así no morirías
porque en vez de corazón tienes una piedra
que no se cómo demonios late dentro
eso que tienes si no eres capaz de comprender
mi amor.
Toda la vida te la llevas pidiendo
comprensión y quién demonios comprende
que una mujer como yo se haya enamorado de un
tipo como tú, sin corazón, incapaz de comprender
mi amor.
Quién diablos me ayuda a comprender,
Quién me quita las ganas de correr
y quitarte la vida a golpes
quién me quita las ganas de desprenderme de mi cuerpo
y no volver nunca a él, de quedarme
flotando en algún lugar del espacio
y ver como te revuelcas de arrepentimiento
(si es que lo sientes).
Quién me devuelve la sensatez
de mis relaciones pasadas,
quién me devuelve mi capacidad
de enamorarme y desenamorarme al
instante.
Quién me devuelve mi corazón solitario
y tantas lágrimas derramadas.
Quién te devuelve a mi lado,
ese que me enamoró
ese que imploraba un te amo de mi boca
cuando me dejó,
ese que luchaba por mi,
el que rogaba por salir conmigo,
quién me lo devuelve.
Quisiera todo, todo lo que pido
y quisiera dejar de reprochar
el dolor que causa el verte lejos,
de reprochar tu incomprensión,
de reprochar tu escapadas
y amarte en libertad.
quisiera que esta locura acabara
que estas palabras cesaran
de salir a flote
y descansar en tus brazos
y ser feliz.
Dejar este malestar fuera
y decirte cuanto te amo
que lo que siento lo siento de verdad
(LAMENTO NO PODER SENTIR DE OTRA FORMA, )
quisiera oír tu voz ahora
diciendo que me amas
y creerte,
diciendo que no importa que esta noche estemos separados
pues muchas noches nos esperan, quisiera acabar con mi tristeza
y mi miedo de perderte de nuevo
por mi locura pero recuerdo tus palabras.
Yo (creo) saber que me amas
y quizás, estés ahora pensando en mi,
piensa que te amo, que estos son celos que matan
pero no tanto como un poema que escuché
con una frase que me encanta y que mañana te diré
que después de llorar tanto de rabia
ya viene la pena y el arrepentimiento, espero que llames
o yo lo haré para decirte que todo ha pasado
y que nada ha cambiado
que celos, celos son
y tu lo sabes mejor que nadie.

noviembre 07, 2006

"Cuídate de mí maldito..."



Hace muchos, muchos años en un castillo no muy lejano, una princesa leía las suaves páginas de un libro de poemas. Los versos resonaban en su corazón, intuía que las historias que su nodriza le contaba no eran verdaderas. Esos versos cargaban las armas de la pasión,
la princesa reconocía sus propias palabras en los versos
de una mujer...
Hace varios años encontré un poema que reflejaba totalmente mis arrebatos de locura. De esos versos sólo podía recordar un par de líneas que repetía sin cesar cada vez que mi amante intentaba desviar los pasos unos cuantos metros más allá de la distancia prudente: “Cuídate de mí maldito, porque te amo”. Cuídate de mí, porque nunca he sido un ángel ni la princesita de los cuentos infantiles.

Así como tampoco él ha sido el príncipe azul.

Las mujeres que nos preceden, abuelas, mamás, tías solteronas, se encargan de contarnos, cuando niñas, el cuento de lo que deberíamos ser en el futuro, cuando dejemos de usar las trenzas y los vestiditos de princesa. Cuando las manchas de sangre nos delaten ante la jauría de hombres hambrientos. Una larga serie de cuentos se vuelven nuestros diez mandamientos, hasta convertirse muchas veces en los karmas que nos impiden ser lo queremos ser.
Uno de ellos, el príncipe azul. Crecimos con el cuento de las princesas de Disney, aquellas que tras una larga travesía de sufrimientos propugnados por madrastras horribles, por hermanastras envidiosas o amigas traicioneras tenían la ‘suerte’ (la de una en unos cuantos billones) de ser rescatadas. Envuelto en una nube de candoroso aire aparecería EL, el príncipe que nos salvaba de las pesadillas más terribles que nos podemos imaginar. El príncipe que haría de nuestras vidas un eterno vals, el príncipe que nos daría por hogar un palacio, que nos llevaría a recorrer los montes galopando en su corcel blanco. El príncipe que ni siquiera se atrevió a tocar los pechos de la doncella para no enturbiar lo que fue ese beso mágico, ese beso inocente en los labios carmesí de la princesa.
Así, pasamos largos años de nuestra vida soñando con que ‘todas íbamos a ser reinas’, pero tal como afirma el poema de Gabriela Mistral “ninguna ha sido reina ni en Arauco ni en Copán...”. Descubrimos entre penas infantiles y adolescentes que los cuentos habían sido inventados para que las niñas se mantuvieran dentro del orden casto, puras y angelicales, esperando (y probablemente, hasta la eternidad) al príncipe encantado galopando en su blanco corcel.
Más temprano que tarde nos dimos cuenta que nunca aparecería aquello que soñábamos y a lo que, en cierta medida, habíamos sido condenadas a esperar: el príncipe azul.
Esperar, esperar, esperar. Con los labios sellados, con los ojos cerrados, con la mente fría ante cualquier atisbo de cálida atmósfera.
Y cuando vimos que el ‘príncipe’ que se acercaba no tenía corcel, sino una bicicleta destartalada con los fierros medio retorcidos por lo vieja, cerramos los ojos, para volver a despertar, esperando que con el beso lengüeteado que nos dio, descubriéramos ahora sí al verdadero príncipe azul. Oye…qué pasó. Publicidad engañosa. No había corcel, no había príncipe encantado. Más bien, era como el sapo al que tuvimos que descubrir tras largos, largos besos.
Bueno, no era corcel, pero los paseos por los parques en bici han sido mucho más atrevidos que un galopeo pausado arriba del caballo.
Y tampoco me hice princesa. Es más, las princesas se quedaron para vestir santos. Realmente ¿quién podría esperar al príncipe azul? Finalmente, sin cuentos, sin reinos, sin castillos, sin corceles nos descubrimos: un hombre, una mujer.
(Y mírame. Y cuídate. Cuida que tus pasos estén a mi lado porque de la noche a la mañana puedo ser la mala de los cuentos y ya no verás nunca más a tu princesa.)
Porque “Como ves o como no ves estoy pendiente de ti. Estoy el colmo de ti.”

octubre 17, 2006

Lo que creo sobre el sostenerse y sentirse confiado en el mundo.



(Aunque creo que esta será una reflexión apresurada, creo en absolutamente en ella).

Creo que la mayoría de nuestros actos diarios tienen que ver con sentirnos más seguros en el mundo (sea cual sea el mundo, sea el tiempo y el lugar que sea). Creo que, finalmente, el tener muchos lugares donde movernos nos brinda un espacio para la paranoia, la locura, la angustia y la incertidumbre. Definitivamente, creo, que nadie desea eso.

Yo, por ejemplo, confié años de mi vida a una maquinita que ahora descansa en la alfombra, años de creación. Kilos de papel digital de mis creaciones poéticas e ‘intelectuales’ fueron confiados no a una persona, sino a una máquina. Ésta se ganó el poder de mi confianza, y nunca puse en duda que me podría fallar. Pero así fue, un gusano se comió cada pedazo de las palabras que había escrito. Hoy, quizás no valgan tanto como yo pensaba. Pero de todos modos, las extraño. ¿Qué faltó? Respaldarme, exactamente lo que Carrie Bradshaw no había hecho, no lo hice yo; y así, lo perdimos todo. Incertidumbre y angustia, nos confiamos del mundo que se mueve bajo el clic, pero ése no nos da el piso que queremos.

La Historia se ha convertido en uno de los sustentos de los hombres para afirmar la ‘realidad’ de lo que fuimos, y de lo que seremos. Las microhistorias, hoy de moda, también cumplen esta función: asegurar que la experiencia de las minorías, sí existieron.

La modernidad tecnológica también ha hecho una labor magistral para afirmar la existencia, para no permitirnos creer que estamos parados sobre la nada y que el lago que aparece en la fotografía realmente estuvo ahí, que la zambullida en las gélidas aguas de los Ojos del Caburga sí fue de verdad, y que ese amor sigue palpitando, porque la foto en el álbum lo confirma. Y sí que las fotos cumplen su trabajo: mi casa está plagada de imágenes, el archivo en papel, y ahora el digital, es incontable, son muchas, muchas fotografías. De este modo, mis padres y mis abuelos (a los que no conocí mas que por fotos) dan cuenta de que el tiempo que vivieron fue real, que hubo un mundo en el cual estaban firmemente apoyados.

Una muestra mucho más trivial de la búsqueda de sustento me pasó hace unos días en el metro de Santiago, un martes a eso de las seis. La muchedumbre se pelea por entrar a uno de los vagones; entre ellos, un hombre de pequeña estatura se cuela por entre los brazos quedando un poco alejado de cualquiera de los objetos que el tren dispone para afirmarnos. Para mi, no fue complicación el sentirme sin un lugar en el cual apoyarme, pues de todos modos, había una multitud de personas que me aferraban a ellos, así que igualmente me sentí sostenida en (y por) el metro. El timbre sonó, fue entonces cuando noté que el hombre pequeñito luchaba por alcanzar el fierro central para apoyarse, para no sentir el piso inestable del recorrido subterráneo. La lucha fue por sobre cabezas, por sobre brazos, por sobre bolsos y sobre pelos, hasta que por fin encontró su sustento: sólo dos dedos rozaban el manoseado fierro del vagón, pero su semblante cambió de inmediato.

Hay tantas muestras de la búsqueda de sustento en el mundo. Por ejemplo, millones de canciones populares dedicadas al hombre o a la mujer que da el lugar para no estar inseguros en el mundo, el amor entonces es lo que nos da el motivo más fuerte para luchar y para no creer que el mundo (sea lo que sea) está a la deriva...

Nunca, nunca vida mía pienses eso
Que mi amor por ti de pronto ha terminado
Se podrá acabar el mundo más lo nuestro
Seguirá su rumbo ya trazado...


Entonces, quienes aseguran que el mundo es relativo, acaso no aman, acaso no buscan un lugar firme en donde pararse. No sé, creo, que ese discurso guarda una mirada mucho más profunda que simplemente afirmar la posmodernidad del mundo. Es claro, siempre hemos querido proteger ‘nuestro mundo’ y hacerlo lo más real y firme posible.

De este modo, la ficción supera a la realidad.

Total, más allá, no sabemos.

octubre 14, 2006

Queremos ser ‘blanquitos’

La cafetería estaba fría. Extraño, porque estamos a mediados de octubre del hemisferio sur y una avalancha de nubes negritas se acercaba amenazante. Bajo la mesa, los paraguas descansaban ansiosos de recibir un poquito de agua ya que junio y julio se los había negado. Así, con el frío de la mañana, el perro del hortelano ladrando solo y el cafecito ‘Nescafé’ humeando; recordábamos un deseo, no se si chileno, de querer ser ‘blanquitos’.

Un dato. Acá, en Chile,los niños (siempre que no sean del barrio alto) ya no se llaman Pedro o Rosa. Ahora, sus nombres son elegidos, por ejemplo, según como se llame la/el protagonista de la teleserie de moda. Aparece entonces una camada de guagüitas que se llaman: María Salomé (si esta el María), Adán, Kiara, Grethel (en todas sus versiones Grettel, Gretell, etc).

También encontramos una serie de nombres extranjeros, gringos en su mayoría. En el
Registro Civil aparece una lista de deformaciones que sufren nombres como:
Bryan: Brayan, Braian, Brain, o en el peor de los casos, Brallan.
Michael: Micael, Maickel.
Stacy: Staicy, Esteici, Esteicy.
Jonhy: aunque mas aceptado, con Jonathan
Scarleth:Scarlett
Kevin.

En fin, en nombres y apellidos existe todo lo que podemos imaginar, pero cada uno de ellos apuntan a un mismo objetivo: ser más ‘blanquito’ y a que, por último, nuestra tarjeta de presentación tenga un poco de rubio, de gringo, de europeo o de clase alta.

Es que no queremos ser negros, ni mapuche, ni latinos, ni sudacas. Ni puntos, como gritaba hace unos días un famoso profesor, en una cátedra, recordando su paso por los Estados Unidos.

Sí, porque querámoslo o no, la mayoría de nosotros no somos blanquitos. Y para la mayoría es una pesada mochila que no se quiere cargar. Peluquerías, cremas que aclaran la piel, nombres, lo que sea para ser un poquito más blancos o un poquito menos negros.


Recordé entonces lo que se dice cuando se espera durante nueve meses a que nazca el nuevo ciudadano, meses de expectación, sin duda, sobre el cómo será la guagüita. Después de darle todas las bendiciones cristianas correspondientes, se remata con la última bendición, la más importante de todas, esa que le dará la clave al éxito dentro de su comunidad. Rebasantes de emoción, la tía o la abuela exclaman, casi agradeciéndole a Dios: ¡y es blanquito!

Qué nos queda para los morenos en esta sociedad en que el color de la piel dice mucho más que el quién eres. Ser el modelo humillado, el actor que debe interpretar una y otra vez al lanza, la niña que no pudo ser modelo, sino sólo la promotora. Juicios, prejuicios.

Si aprendiéramos todos a mirarnos en el espejo y reconocer los pigmentos oscuros como parte nuestra, creo, que actuaríamos, morenos y los no tanto, mucho mejor.

septiembre 01, 2006

Victoria's Secret End


Hay historias de la vida propia que nunca se terminan. Es como si el libro hubiese quedado a medio leer, arrumbado en la estantería, esperando a que en algún momento, el día más inesperado de Septiembre, la última línea sea leída. Y suspirar. U odiar. O sólo cerrar el libro.
Algunas veces juego a inventar los finales de aquella historia, presagiando las múltiples versiones que pueda tener el último párrafo siguiendo los modelos de otras novelas o películas que me inspiran los mas insólitos y melodramáticos “the end’s”.
Las últimas líneas, cuando las he leído sin pasar siquiera por el medio de la novela, me dan indicios sobre los finales más cercanos a la realidad de la novela o, por último, el que el autor quiere; pero los míos casi nunca coinciden con esos: o son más dramáticos o muy de folletín o la simpleza absoluta, nada especial, nada que permitiera decir: “oh que gran historia”. En fin, todo el tiempo me invento finales.
La mayor parte de las veces no hay nada de mí final en el final real. Al momento de leerlo ni siquiera recuerdo todos los otros finales que me invente. Pero después de unos minutos: yo esperaba algo distinto, algo más efusivo, o hasta más latino (con esa carga exótica que tiene lo latino).
Pero este final no pudo ser peor. Esa historia que transitaba paralela a mi vida, guardadita en la repisa más secreta de mis recuerdos de adolescente loca, enamorada y apasionada tenía que tener esos finales majestuosos. No el encuentro que muchos libidinosos podrían desear, porque hoy las circunstancias no lo autorizan, pero sí algo distinto.
¿Seis años guardada? Es mucho tiempo para este mísero y funesto final.
De mariposas, nada. De afectos, casi nada. De recuerdos, todo.
Me salté todas las páginas intermedias, leyéndome otras historias, imaginándome otros finales con el mismo protagonista. Pero el protagonista había cambiado, se había transformado en estos personajes casi sin patria, sin eso que yo recordaba. Una especie de chileno-venezolano radicado en los Estados Unidos, pero en ese 'lugar' que es Miami, donde nada es gringo, sino una carbonada latina, que nada me recordó. En un gordo de Mc Donald que había cambiado ese cuerpo de Adonis por una hamburguesa de un dólar. Si hasta esa voz había cambiado (si han visto las novelas de Mega, ya pueden imaginar como hablaba).
Y ese ‘obsequio’ que se trajo por si acaso, por si se encontraba con alguien inesperado.
En fin he cerrado el libro, pero el final fue decepcionante.
Me quedo con la espuma de baño Victoria’s Secret (se la iba a regalar a mi hermana).
Pero bueno, por último, que el final tenga olor a rosas.

agosto 16, 2006

Velorios y Funerales: ¿Qué hacemos con los viejos?

Mi novio se extraña de cuántas veces en el año mi familia (en realidad sólo mis padres) asisten a un velorio o a un funeral. Creo que este dato siempre ha sido perturbador para él, dato que para mí no tiene mayor trascendencia.
Parece que por acá todos son viejos y todos se están muriendo, porque muy pocas veces son jóvenes los que se mueren: la mamá de un amigo, el hermano de tu tío, la abuela del barrio…mi abuela, hace dos años, quien se dio el lujo (durante sus últimos años no tanto) de morirse a los 87 años.
Ese dato sí que me aterra. Que en mi genes perviva la longevidad me espanta más que cuántos se mueren al año, claro que por un poco de vanidad y también por temor a ni siquiera poder moverme por mí misma (vanidad eufemística). Hace unos años, 50 me parecía una edad perfecta, suficiente…hoy espero unos cuantos más.
Pero es así: son varios los velorios que se celebran en mi barrio familiar cada año, donde los de edad media despiden a sus padres, tíos, vecinos, conocidos e inclusive hermanos. Y son una especie de ritual: un ratito lo velamos, en la mañana lo despedimos.
Pero, la muerte de los viejos dura poco en la memoria de los jóvenes (siempre que no sea tu abuela, por ejemplo); por el contrario, la muerte de unos niños en un incendio hace unos diez años es más recordada que la del viejito del almacén, el año pasado.
Ahora que mi mamá vuelve de un velorio me pregunto: ¿Qué hacemos con los viejos? No con esos que se pasean en cuanta conferencia literaria o evento social hay, sino con esos que no fueron famosos, que no pudieron alcanzar los 80 como el Tito Noguera y que caminan desorientados por Matucana para recibir su insuficiente montepío.
Se nos olvidan los viejos (por temor, por vanidad) y dejamos que se mueran para verlos apenas cuando sólo las velas iluminan sus blanquecinos rostros.
Luego los olvidamos, para recordarlos únicamente cuando hacemos la lista de cuántos velorios o funerales se llevaron, este año, a nuestros viejos.

Ritos

Cada vez que regreso
a mi país
después de un viaje largo
lo primero que hago
es preguntar por los que se murieron:
todo hombre es un héroe
por el sencillo hecho de morir
y los héroes nuestros maestros.

Y en segundo lugar
por los heridos.

Sólo después
no antes de cumplir
este pequeño rito funerario
me considero con derecho a la vida:
cierro los ojos para ver mejor
y canto con rencor
una canción de comienzos de siglo.

(Nicanor Parra)

agosto 11, 2006

No me equivoqué de micro...

Vivo en Quinta Normal.
El camino a mi casa generalmente es muy largo: 'larga hora' de mirar caras, de mirar calles, de caminar a veces, y de soportar el calor/hedor de alguna de las micros que llegan (con suerte) cerca de mi casa.
El camino suele ser el mismo, incluso los vendedores y choferes se han hecho personas conocidas para mi. Sin embargo, hoy algo afectó mi cotidiano trayecto.
Mi comuna es de viejos, por lo que es comun toparse con casonas ya medio desarmadas, de gastados ladrillos y enormes patios. Casonas con chimenea que aun faltando a las leyes ambientales algunas noches se dan el placer de encenderse. Hoy tristemente, muchas de ellas serán víctimas de los 'grandes y modernos' proyectos viales.
Por otra parte, no es raro toparse con modernos condominios (algunos terminados, otros construyéndose) que asemejan a pequeñas ciudades amuralladas con calles con nombre y todo. Estas pequeñas casonas modernas son habitadas por los niños que crecieron en las viejas casonas y jugaron en sus enormes patios.
Pero más allá de las casonas y más allá de los condominios hay un pedacito de terreno cerca del Mapocho que se oculta de la ciudad.
Hoy el re-conocimiento de mi comuna me extrañó: las fogatas, la ropa colgada en 'la vereda' y los niños jugando en las posas que la insignificante lluvia de anoche dejó en el barro fue una imagen, tras la ventana de la micro, que pocas veces he visto. ¿Me equivoqué de micro? No, esta vez la distracción no había jugado en mi contra, sólo la distracción del tiempo pasado. Sólo había visto los techos desarmados del Campamento Núcleo Montenegro, del que las autoridades se ufanan de que 'es el único que queda en Quinta Normal'.
Pero aún es 'el único'. El único que se mantiene entre el barro y las latas, quedando cada vez más encerrado en un cordón de casonas en altura, pasando al olvido.
Y peor aún: el más incierto lesionado de la tibia modernidad santiaguina.
El trazado de la nueva obra vial no sólo pasa por la memoria de las casonas, sino también por sobre la ropa colgada, las fogatas, el barro y los niños.

agosto 10, 2006

Para los que se duermen...

VEO QUE SE ME ESTÁN QUEDANDO DORMIDOS.

ésa es la idea
yo parto de la base de que el discurso debe ser aburrido
mientras + soporífero mejor
de lo contrario nadie aplaudiría
y el orador será tildado de pícaro
(Nicanor Parra)

No pensé que alguien 'curioso/a' entrara al sitio. La verdad es que recién estoy entendiendo como se usa esto, asi que los comentarios sobre 'mala imaginación' quedan olvidados.
Estoy instruyéndome en 'el manejo de blogs' porque Jameson me dejó muy cansada.